Tres piezas, no una
Un implante son tres componentes: el tornillo de titanio que se integra al hueso, el pilar que lo conecta y la corona cerámica que es lo único que se ve. La conversación suele girar alrededor de la marca del tornillo, pero la diferencia estética la hace la corona y el perfil de emergencia con el que sale de la encía.
Por eso AM planifica el implante desde la corona hacia atrás: primero se define dónde tiene que estar el diente, y recién después dónde va el tornillo para que eso sea posible.
El tiempo de la biología no se acelera
La oseointegración —el proceso por el que el hueso se une al titanio— lleva sus meses y no hay laboratorio propio que lo acorte. Es importante decirlo con claridad: en implantes, la velocidad tiene un límite biológico.
Lo que sí se puede concentrar es todo lo demás: el diagnóstico, la cirugía, la provisionalización y la fase protésica final. Ahí el laboratorio propio vuelve a marcar la diferencia para un paciente que viaja desde Uruguay.
Zona estética: el caso difícil
Un implante en un molar es un problema funcional. Un implante en un incisivo central es un problema estético de altísima exigencia: hay que reproducir el contorno de la encía, la papila entre dientes y una translucidez que dialogue con el diente vecino natural.
Son los casos donde la planificación digital y el trabajo con el técnico presente dejan de ser un lujo y pasan a ser la condición del resultado.